Volver al inicio

Relato erótico: De experiencias y sabores

SÉ a qué saben los alimentos por la sensación que en mi boca han dejado los jugos vaginales de todas las mujeres cuyas relaciones imposibles han hecho realidad mis sueños.

DULCE: Sé de la dulzura de la miel, del azúcar, del membrillo o del almíbar gracias al sabor que en mis labios, hasta entonces vírgenes de besos y adúlteros de ausencias, dejaron los de Clara, una compañera del instituto dos años mayor que yo. Su sonrisa angelical, arropada por una mirada insinuante y unos cabellos rubios y rizados que el viento acariciaba sin despeinar, daba jaque mate a los hombres en el juego sin reglas de romper corazones. En mil pedazos de pasión que el tiempo, a duras penas y en contadas ocasiones, acertaba luego a reconstruir. Recuerdo aquella primera vez como si fuera ayer. Clara envolvía el ambiente de una fragancia adolescente y sensual cada vez que sus labios, con el sabor de la fruta siempre fresca, pronunciaban mi nombre. Recuerdo que aquella tarde se sentó a mi lado y sin mediar palabra cogió el dedo medio de mi mano derecha, lo humedeció en su boca y con suavidad y desparpajo lo fue introduciendo entre sus braguitas de seda blanca. Lo guiaba de arriba abajo, con delicadeza y maestría. Clara se deshacía de gusto. Después de varios minutos descubriendo el tacto de aquella fruta prohibida Clara detuvo el sensual movimiento, apartó mi mano, se levantó ligeramente y quitándose las braguitas me invitó a explorar con la lengua aquel delicioso vergel. Y yo, obediente como la rata que sigue al flautista, introduje mi cabeza entre sus insinuantes piernas mientras mi lengua paseaba incansable por su sexo perfectamente depilado. Ella apretaba los muslos; cada lengüetazo era acompañado por espasmos de placer que minutos después terminaron con los complacientes jugos de sus labios en lo míos.

SALADO: Para celebrar mi 18 cumpleaños mi hermana Soraya, tres años mayor que yo, organizó una fiesta en la casa que mis padres tenían en la playa. Un cálido día de julio como todos los del mes de julio de aquel año. Allí conocí a Cristina, una rubia de 160 centímetros de lujuria, con una cintura de avispa y un culo y unos pechos perfectos. Soraya y Cristina eran compañeras de trabajo y juntas habían compartido noches locas de placer y desenfreno, bailando y desparramando su juventud y su deseo por todas las discotecas de Ibiza. Cristina era una mujer de trato agradable y conversación fácil. Después de charlar un buen rato me dijo que la apetecía darse un baño en la playa y me pidió que la acompañara al agua. Y así fue. Después de despojarnos de la ropa nos cogimos de la mano y corrimos hacia el agua. El sol de un rojizo atardecer se reflejaba sobre un mar casi en calma. Mientras jugábamos con las olas, Cristina se insinuaba poniendo mis adolescentes dedos sobre sus turgentes pechos. Fue entonces cuando en un acto reflejo y rebosante de deseo Cristina violentó mis labios contra los suyos, introdujo su lengua en mi boca, se bajó el bikini negro hasta la mitad de los muslos para después guiar mi cabeza hacia su sexo, rubio, frondoso y cuidado, tan cuidado como una rosa siempre en flor. El sexo de Cristina estaba hecho a la medida de mi lengua. Y yo lo lamía con el ansia del principiante, como si cada lametón fuera el último de mi vida, humedeciendo lo que el agua era incapaz de mojar. Después de varios minutos de intensa pasión, Cristina vació los flujos de su placer en mi boca. Por ella sé que el pescado es salado. Salado como el mar.

AGRIO: Siempre sentí que la Música hablaba mi mismo idioma. Un matrimonio tan bien avenido que con 22 años me hizo probar los caprichos de un éxito tan inesperado como efímero. Así fue como conocí a Susana, directora de una multinacional dedicada a la industria del disco. Una morenaza con los treinta ya cumplidos pero muy bien llevados, de piernas interminables y unos pechos todavía respetados por la gravedad. El día que me citó en su despacho para que selláramos nuestra relación comercial vestía zapatos negros de tacón a juego con una blusa de tirantes abotonada a la espalda y una minifalda de cuero color amarillo. Me preguntó si quería tomar algo. Por el interfono pidió una botella de agua para mí y un zumo de naranja para ella. No pasaron dos minutos cuando su secretaria, después de advertirnos de su llegada con un ligero toque de nudillos en la puerta, entró con las bebidas, las sirvió y se volvió a marchar. Sin despedirse. Susana se sentó en la mesa justo enfrente de mí, se bebió de un trago el zumo de naranja y dejó el vaso vacío encima de la mesa. Acto seguido se subió la falda con ambas manos y separó las piernas para que viera que no llevaba bragas. Apartando los labios vaginales me ordenó que pasara mi lengua por aquel frondoso bosque color negro zaino. Me miró a los ojos, me agarró por el pelo y violentando mi cabeza contra su sexo me dijo:
– “Lee la letra pequeña. Detenidamente. Sin prisas. Estás firmando un contrato”.
Aquella tarde el sabor ácido, abrupto y siempre áspero del zumo de naranja invadió mi boca a través de los fluidos vaginales de Susana.

AMARGO: En el verano del 95 conocí a Daniela y a la primavera siguiente nos casamos. Yo tenía 27 años y ella no había cumplido aún los 22. Daniela me enseñó que el amor y el sexo raras veces viajan juntos y casi nunca cogidos de la mano: siempre en la misma dirección pero en sentidos opuestos. Una relación que duró poco más de veinte horas ya que a la mañana siguiente de contraer matrimonio acudíamos juntos al juzgado para consumar nuestro divorcio. La razón: sorprenderla con el miembro viril de mi mejor amigo metido en su boca. Daniela gemía de placer mientras David introducía con fuerza su pene en misma boca que horas antes había sellado nuestro amor con un esperanzador “si quiero” que prometía ser para toda la vida. Después de varios minutos Daniela advirtió mi presencia. Ni se inmutó. Levantó su inmaculado vestido blanco, me ofreció su sexo y después de sacarse de la boca el miembro de David me dijo:
– No me montes un numerito y chúpamelo.
¿Han escuchado alguna vez el sonido del ansia, las notas sensuales que produce una boca succionando a borbotones un miembro viril? Comparable con el canto de las sirenas que con maliciosa premeditación y consumada alevosía “invitaba” a los marineros a lanzarse al mar. Sonidos que envuelven en una atmósfera tan extraña como placentera y que el hombre es incapaz de controlar. A los pocos segundos me encontraba lamiendo el sexo de Daniela como nunca lo había hecho antes. Ella seguía en su empeño desmedido de “ordeñar” a David. El morbo de aquella extraña situación hizo que no tardara en impregnar mi lengua de su líquido más sexual. Fue así como descubrí que la hiel y la quinina dejan en la boca la misma sensación nociva, casi venenosa, amarga y duradera de la humillación.

UMAMI: A mis 41 años mis experiencias sexuales son las que ya conocen. Un bagaje bastante pobre para alguien con un físico algo agraciado como el mío. Pero la vida, y en su defecto el amor, a veces nos sonríen con su dentadura de oro pero postiza. Coincidí con Esther en la fiesta que todos los años por Navidad celebraba el cliente para el que trabajábamos. Hasta entonces nuestras conversaciones se habían limitado a un educado “buenos días” cada vez que coincidíamos en la cafetería. Al principio nuestras miradas se entrecruzaban empujadas por la casualidad pero más tarde fueron avivadas por la necesidad y el deseo. Un deseo que cada vez nos costaba más controlar. Pero pasó que aquella noche Esther estaba deslumbrante, que yo había bebido más de la cuenta y que el ascensor y el azar juntó nuestros destinos. La pasión hizo el resto. Nada más cerrarse la puerta, la cogí por la cintura, la apreté contra mi cuerpo y la besé con rabia. Al poco tiempo Esther se puso de rodillas, me bajó la cremallera del pantalón y empezó a hacerme un francés perfecto en cadencia y presión. Haciéndome sentir lo que yo había hecho sentir a todas esas mujeres que forjaron con sus fluidos vaginales el paladar de mis pasiones. No me pude controlar. Mi semen se alojó en su cara, sin permiso, como quien roba un corazón, con la urgencia torpe e incontrolada del primer sujetador desabrochado. Fue entonces cuando mi paladar terminó de educarse al sentir la sinergia armónica y deliciosa, intensa y sin condimento de todos los sabores que antes se habían alojado en mi boca.
Por cierto, guárdenme un secreto. Aún conservo intacta mi virginidad.

Autor: Amado Storni

06.27.2010 | Concurso de relatos, Relatos | Escrito por:

| Más

Deja una respuesta