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Relato erótico: No desearás al hombre de tu prójimo

Cómo empezar diciendo que yo no buscaba un amante cuando decidiste que ibas a serlo. Mi amante, mi perdición, mi cadena con candado. Cuando yo ya había resuelto transformarme en una dedicada esposa fiel; hasta había tranquilizado mis hormonas. No sé qué viste en mí esa tarde, si me vestí como una señora recatada y madre primorosa. ¿Dónde notaste mi lado brutalmente sexy? ¿Cómo me descubriste debajo del disfraz? Voy a terminar creyendo que de verdad hay cosas que no se pueden ocultar. ¿Será mi olor? ¿Será el aura?
Tiempo después me confesaste que cuando me ves no entiendes más nada. Y cada vez que te tengo cerca, cuando estás entre mis piernas, yo dejo de saber cuál es la diferencia entre lo bueno y lo malo, entre lo correcto y lo equivocado; no cuento las decenas de personas que perjudicaría nuestra relación: tu esposa y mi esposo, tus suegros y los míos, tus padres y los míos, tus hijos y los míos; tu carrera, nuestros matrimonios, tu reputación, nuestras familias. Cuando me penetras, tomas mi razón en tu poder; lo único que siento es tu pene, tu piel, tu perfume, tu fuerza.
La mañana en la que nos encontramos por primera vez tenía tanto miedo a ser vista contigo; a ser descubierta, juzgada.
– Yo no debería estar aquí. – te dije temerosa.
– Te llevo de vuelta a tu casa. Yo no quiero problemas. – respondiste dejando bien clara tu posición de hombre con experiencia en estos casos y que no busca comprometerse.
– No, no… – temía mucho más no poder tenerte – ya lo superaré. No me echo atrás, no me vuelvo a casa.
Sin pensarlo, apenas entramos en tu departamento, me quité el vestido; no te dejé ni siquiera cerrar la puerta con llave y te besé desesperada, con la boca abierta, la lengua empapada de tanto desearte, con los dientes rasguñando suavemente tu labio inferior. Apretándome a tu cuerpo que se sostenía contra el muro para soportar la tempestuosa descarga erótica de la que era el blanco.
– ¡Ufa! Quería desnudarte yo. – te escuché resignado ante mi falta de pudor.

Me diste vuelta, me apoyaste tu bulto durísimo a través de los pantalones que nos separaban y me hiciste un masaje en los hombros, tan dulce, tan sensual, tan incitante.
Apoyé los brazos abiertos sobre la mesa mientras auscultabas mis curvas con las palmas de tus grandes y decididas manos, me quitaste la ropa interior y te separaste para ver la parte de mí que aún no conocías pero deseabas tanto.
– Es hermosa. – dijiste mientras te bajabas los pantalones y me abrías más las piernas.
Ya lo creo que tenía que estar bonita, si me había depilado toda y sobre todo no tengo ni un gramo de más.
Yo estaba esperándote mojadísima. Nunca había recibido antes tu sexo dentro de mí y jamás tuve uno tan descomunalmente grueso y largo. Tu penetración me hizo sentir que algo se desprendía en mi interior; sí, la decencia porque era indecente el gozo que me provocabas, el deseo de gritar, de aullar, de jadear a través de cada poro. Me mordía la mano para no ulular del placer. Tus movimientos acompasados, tu energía, ¡santo cielo! entrabas con todo tu ser en mi vagina.
Me llevaste sobre el diván puse mis piernas sobre tus hombros, una posición desde la que ambos podíamos ver cómo me lo metías hasta lo más profundo.
Te sonó el teléfono celular.
– ¿Vas a responder así? Vas a hablar muy agitado. Es mejor que te vayas a otra habitación.
Dudabas, no querías salir de mí. Te obligué a alejarte.
– ¡Ingeniero! – dijiste, era un cliente, no tu esposa. – Sí, ya volvimos de las vacaciones, de nuevo al trabajo. – Hablabas con un entusiasmo exagerado, riendo permanentemente. – Me parece bien. La semana que viene.
Pensé: “Con este hombre siempre va a ser así”.
Volviste.
– ¿Dónde nos habíamos quedado? – y me dedicaste una mirada cómplice, traviesa, hasta maligna me pareció.
Retomamos la misma posición porque entendiste que me volvía loca ver toda la sangre aglomerada en tu inmenso pene.
Me sonó el teléfono, a mí sí me estaba llamando mi esposo. Te hiciste a un lado. Respondí.
– Hola, ¿dónde estás, amor?
– En el centro. Llevé a los niños a la escuela y vine a comprar algunas cosas.
– ¿Estás agitada?
– Es que caminé mucho. Voy a parar en un bar a tomar algo y vuelvo a casa.
– Nos vemos esta noche.
– Hasta luego, amor.
Fue natural reiniciar con nuestro juego. No había pasado nada, una sonrisa y de nuevo adentro sin culpa, sin incertidumbre. Me llevaste al orgasmo y acabaste sobre mi vientre, sobre mis senos, dentro de mi ombligo.
Fuimos juntos al baño. Nos lavamos, nos peinamos.
– Parecemos amantes.
– ¿Sí? No sé cómo funciona, no tengo experiencia. – Te dije haciéndome la ingenua.
– Bueno, eso creo. – Te hiciste el inexperto para no darme celos.
Salimos.
– Te llamo mañana. – Me ilusionaste.
Caminando hacia la terminal casi me recriminaba haber caído por décima vez en la tentación.

Autora: Marta Roldan | Web: Creer para leer

06.22.2010 | Concurso de relatos, Relatos | Escrito por:

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Comentarios (7)

 

  1. terminè la lecturea excitado................. dice:

    El relato tiene la valentìa y es capaz de hacer pensar quew fue escrito por un hombre. Felicidades. Antonio Leal.

  2. Thelonius dice:

    A ritmo acelerado, se mantiene el erotismo tenso en cada momento; en el principio, en el nudo y en el orgasmo.
    Exelente, humano y atrevido.

  3. Armando dice:

    Saludos Marta. Me gustó.

  4. Maria dice:

    Muy bueno el relato – Me gustó- Cariños – María

  5. ALICIA dice:

    Bueno, me hicistes temblar pensando que tu marido te iba a descubrir. Y hay que ser arriesgada para escribir de esa manera, sin pudor . Te digo que todavía las mujeres tenemos inhibiciones y aquí creo que está el pensamiento de todas las mujeres que no tienen un matrimonio feliz, pero él, es un hijo de… y seguramente no la tomaba en serio le daria igual cualquier mujer. Para ella, una experiencia hermosa, acostumbrada a las tareas del hogar, a los hijos y quizás a un matrimonio aburrido. Porque si en casa lo tenes todo, no necesitas de otro hombre y hasta te burlas de esa conquista del hombre y estas segura que nunca vas a engañar a tu marido.
    Las mujeres nos sentimos alagadas cuando nos miran y los maridos tambien porque saben que son solo de ellos y les gusta que otros las miren.
    Suerte

  6. Mickey dice:

    Atrevido tu relato, sin dudas. Pero me quedé con las ganas de lo erótico menos descriptivo, más insinuante. Algunas escenas son muy cursis. Muy bueno el final.
    Un abrazo.

  7. Israel dice:

    Muy sugerente tu relato. Creo que un poco autobigráfico. El final abierto deja el desenlace en manos del lector.
    besos

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