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Relato erótico: Ases

Salen las primeras tres cartas, el flop más interesante de toda la noche. Mis ojos no pueden creer las cartas que están viendo: por primera vez en toda mi vida me encuentro con un Royal Flush, la mejor mano de todas en el poker. Intento no vacilar, no puedes saber que tengo la mano ganadora. Aún te quedan dos prendas, y estoy dispuesto a que las pierdas en esta mano.

Llevamos gran parte de la noche jugando así, al borde de la excitación perpetua. Propuse el juego, tú, con una sonrisa maliciosa, aceptaste. No tardó tu mente perversa en imaginarse todo lo que iba a suceder. No fue necesario ningún tipo de convencimiento, solamente buscamos una baraja en los cajones -recuerdas bien que me regalaste una-, un par de botellas de whisky para calmar la sed, suficientes cigarrillos y algo de música. Mi ipod hará el truco.

Acercamos los sillones a la mesa de centro. Con cuidado, hay que quitar los floreros que mi madre me proporcionó al comprarla. “Tienes que tener algo vivo en tu casa”, recuerdo bien esas palabras. Si viera que lo vivo que hay es fuego, pasión, desenfreno, creo que no estaría del todo satisfecha. Completada la operación, escoges el sillón individual. Siempre te gustó, no solamente porque ahí cogimos como locos la primera vez, sino porque es verdaderamente cómodo, sobre todo para la empresa que tenemos entre manos.

Te pido que pongas las reglas. Sonriente, me dices que las ponga yo, pues fue mía la idea de hacer tan sensual juego. El procedimiento será simple: jugaremos Texas Hold’Em, aunque sabes que será difícil ganarme, te conozco a la perfección. En cada ronda apostaremos una prenda de ropa, sin importar el frío que está haciendo, que cada vez se hace menos por la calentura creciente que nos ataca. Reglas simples. El ganador podrá retirar la prenda, si es que el perdedor lo desea así. ¿Quedó todo claro?

Empezamos, entramos en calor. Con la primera copa entre las manos, te doy confianza y hago que pierda mi chamarra. La emoción de la primera mano ganada te da ánimos, la primera prenda perdida, aunque muy accesorial, te excita un poco. Tu mente ya recorrió de nuevo todos los momentos que hemos pasado, más ninguno como este. Nos invade el deseo, queremos brincar uno encima del otro, pero hay que jugar. Las cartas decidirán quién sucumbe primero. Recuerdas bien esa frase que suelo repetir cuando juego: 10% suerte, 90% estrategia.

Tu confianza sigue acrecentándose, ya me hiciste perder la camisa. Todo por el par de ases que te salieron desde el principio. Crees que ya conoces mi juego, pero, mi vida, aún no has visto nada. Perdí los pantalones, me quedo en los boxers que tanto te gustan, esos que, según dices, resaltan uno de mis mejores atributos. Mientras me quito los pantalones, no dejas de posar la vista ahí. Ya sabes que hay debajo de esa tela, pero mueres de ganas de descubrirlo. Con tu confianza ya ensanchada, es hora de sacar mi verdadero juego.

En una mano te hago perder tu suéter. Noto que llevas poca ropa debajo. No puedo dejar de ver tus senos debajo de una de las tantas blusas que tienes, de esas blusas de tirantes que a tantos hombres nos hacen perder la concentración. Es muy pronto para sucumbir, el juego apenas empieza. Suerte, empiezas a creer, porque no había ganado una sola mano en toda la noche. Se consume la primera cajetilla, la botella de Chivas no tarda en morir. Es momento de ir por otra. Decidida, te levantas y te diriges al pequeño bar que procuro tener siempre bien servido. Tomas otra botella, y juguetonamente traes más hielos, con tus manos dentro adrede: quieres que vea tus pezones. Dentro de poco jugaré con ellos hasta hacerte perder la razón. Total, no será la primera vez.

El juego se pone interesante, con la peor mano que me pudo haber salido, te dejo en tu bra negro, con transparencias. “Sabes que me gusta”, pienso para mis adentros. Venías preparada para lo máximo, siempre lo estás. También perdiste los pantalones. Te levantas y empiezas a contonearte sensualmente. “Te voy a mostrar lo que he aprendido en mis clases”, siempre te lo había pedido. La música empieza a trabajar a nuestro favor, un jazz bastante sabroso empieza a sonar. Tus caderas se mueven al compás de la música. Contengo mi respiración, no doy crédito a lo que veo. Adiós pantalones, hola ropa interior. Apuro mi copa de un solo trago, siento el whisky que baja por mi garganta, sin quemar, ya más caliente no puedo estar.

Intentas sacarme de quicio. Mientras barajeo las cartas, metes la mano por debajo de tu tanga. Empiezas a hurgarte, a tocarte. Veo como empiezas a retorcerte, presa del masaje que le estás dando a tu clítoris. Mi punto débil, y lo sabes bien. Cuando estoy contigo es cuando me sale lo voyeurista, no puedo evitar excitarme ante el espectáculo que me estoy llevando. Intento mantener mi cabeza fría, pero ya está más caliente y parecida a un volcán en erupción. Es cuestión de tiempo antes de que se aproveche ese calor.

Ha llegado el momento decisivo, has apostado el resto de tu ropa interior contra la mía. Salen las cartas que no esperaba. Dos ases más, completan el turn y el river. Sonríes, creyendo que ya me has vencido. Te muestro una cara de sorpresa, para que creas que seré el primero en despojarme de la ropa. Muestras tus cartas ya deseosa de quitarnos la ropa y empezar a manosearnos, el calor ya es insoportable. Justamente la carta que esperaba que tuvieras: un as de corazones, que en conjunto con los otros tres de la mesa, hacen un poker de ases. “Creo que te gané, amor”, no paras de sonreír.

– Será otro día, porque hoy, gano yo.

Destapo mis cartas: un rey y un diez de espadas. Te sorprendes, buscas las cartas de la mesa y ves lo que no creíste encontrar: una reina, un joto y el as de espadas. Escalera imperial, llámale como quieras. La mano invencible en el poker acaba de decir que tendrás que perder tu ropa. Ya recuperada de la sorpresa, te levantas y te acercas lentamente a mí. “Quítamela”, más parecía que me rogabas a que me lo ordenaras. Ya no puedes más, lo sé. Te quito el sostén, tus senos al descubierto. Tus pezones en mi boca, pequeños brincos los que das, gemidos casi imperceptibles. Ahora mis manos atacarán tu discreta tanga, siento tu humedad. Ya no puedo más, te retiro la tanga y te acomodo encima de mí. Mis manos no se separan de tus senos, las tuyas buscan librar mi pene de su prisión de tela. Batallas un poco hasta que lo logras. Te hundes en mi firmeza, con movimientos rítmicos empezamos a coger, empiezan a presentarse gotas de sudor. Siempre me ha gustado esa imagen: encima de mí, con tu cabello cayéndote por encima de la frente, con pequeñas gotas de sudor, jadeante, excitada, apunto del orgasmo.

Cogemos, sin parar. Pides más, más rápido, más profundo. Terminas en un orgasmo prolongado, que te hace caer rendida en mis brazos. La explosión del placer es lo mejor de todo. El preámbulo es inmejorable. Nos invade un cansancio sensual. El primer round ha terminado, todo por culpa -o por fortuna- de la extrema excitación de la cual ya estábamos presos. La noche apenas empieza, no es momento de rendirnos y todavía tenemos energías para gastar. Te retiras de encima de mí y empiezas a caminar hacia el cuarto. Puedo verte perfectamente, preso todavía de una dureza que no había experimentado hasta la fecha. Caminas sensualmente, tocándote los senos. No lo pienso dos veces, voy a tu encuentro.

Logro interceptarte apenas en la entrada del cuarto. Con un poco de violencia te volteo y te beso profundamente. Ese tipo de besos me encantan -y tú particularmente sabes hacerlo bien- y se prolonga un tanto. No es momento de ponerse cursis, por lo que maquinalmente tu mano busca mi pene. Todavía está enhiesta, sabes que soy de carrera larga. Bajo lentamente mis manos por tu espalda hasta llegar a donde esta pierde su nombre: tus nalgas, lo que más me gusta de tí. Te tomo de a cartón de chela y te levanto. Enredas tus piernas alrededor de mi cintura para afianzarte mejor. Nos dirigimos a la cama, todavía no paramos de besarnos. Justamente en el borde me agacho para recostarte en ella. Me sueltas y en vez de acostarte, te sientas. Me tomas entre tus manos y empiezas el fellatio. Un vaivén de por sí placentero, aderezado por tu lengua que se mueve alrededor. Miras hacia arriba, para contemplar mi cara de pérfido placer. Tomo tu cabeza entre mis manos y te pido que no pares. Pronto me vendré, por lo que utilizas tus viejos trucos para evitar que eso suceda. Te retiras y empiezas a recostarte en la cama. Abres las piernas, me dejas ver ese monte de Venus perfectamente depilado. No dejas de tocarte.
No me iba a negar ese festín visual, por lo que decidí comerlo. Lentamente empecé a recorrer tus muslos, hasta llegar arriba, a sentir cerca tu humedad y sentir cómo te retuerces mientras me acerco a tu vagina. Pequeños y tímidos lengüetazos te arrancan suspiros entremezclados con gemidos. Mueres de placer ante eso que me gusta hacerte. Comerte completita, muchas veces te lo dije. Tomaré mi tiempo hasta que no puedas más, ya que tu respiración se acelere más y sin avisar te penetraré para seguir con la faena. Cambiamos de posiciones, las que frecuentamos normalmente, hasta terminar de nuevo tú encima de mí. Te encanta dominar, me encanta tenerte por encima. Nuevamente esa imagen celestial se presenta: alcanzas el clímax, sonríes y gimes de placer, música para mis oídos. Caes a mi lado, prendemos un cigarrillo para recuperar fuerzas. El poker se extiende por muchas horas. Sigues húmeda, mi erección sigue.

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Autor: Octavio Aguirre | Web: http://diebuchstabe.blogspot.com

05.30.2010 | Concurso de relatos, Relatos | Escrito por:

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